miércoles, 31 de julio de 2013

Unas horas en Oslo


Oslo nos recibe con una luz azulada que se mantendrá durante la corta noche. Sus calles lavadas por la última tormenta de verano acogen a los que apuran las diminutas mesas de las terrazas y a unos cuantos turistas despistados, en busca de un bullicio ajeno a estas latitudes.

El palacio real remata la avenida principal, comenzada por la estación central en el extremo opuesto. Un paseo donde se acumulan las instituciones de un país de poco más de cinco millones de habitantes, pero con más de 2.000 Km de longitud.


Esta ciudad se resiste a lo urbano. El larguísimo fiordo que trae el mar hasta su puerta ofrece cientos de islas y penínsulas que son acomodo de zonas residenciales ocultas unas de otras. Las cercanas montañas la cierran al norte, con lo que todo tiene una escala pequeña, un centro burgués limitado a unas cuantas calles perpendiculares y una evidente intención de no significarse.


Quizá el teatro nacional, con Ibsen de custodio, sea la única muestra de exaltación nacional, de espejo de capital europea decimonónica.


Porque el gran ayuntamiento, con sus torres de evocación medieval, no hace sino significar el protagonismo de los ciudadanos frente las instituciones. En este lugar es donde se entregan anualmente los premios Nobel de la paz, quizá el gran acontecimiento que pone a Oslo en el mapa y las noticias.





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