Su decoración estilizada es por sí misma un compendio histórico de primer orden: estilo y formas vikingas, motivos celtas irlandeses y temática basada en mitos ancestrales adaptada a la nueva fe cristiana.
Los monjes irlandeses llegaron a esta región siglos antes de la conversión oficial al cristianismo, y la mezcla estética y simbólica es fascinante. Impresiona contemplar un románico tan puro en estas latitudes, en madera en lugar de piedra.
También lo es el método constructivo, basado en una base de piedra que tan sólo circunscribe el perímetro para permitir el paso del aire e impedir que la humedad llegue a la madera. Y sobre todo en las altas columnas de madera, troncos de abetos desramados y embreados sin ser talados, que tras diez años de permanencia en sus raíces de esta forma son trasladados para la construcción. El límite de altura pues, el de los árboles más altos.
Pocas iglesias de este tipo sobreviven, porque aunque su protección frente a la humedad es perfecta, poco tienen que hacer frente al fuego, que ha consumido la inmensa mayoría. Ésta, sin embargo, en un recodo del inmenso fiordo de Sogn, pervive camino del milenio.










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