La ciudad minera de Røros se encuentra en la zona más fría y elevada de Noruega, lejos de los bucólicos paisajes de los fiordos o de las llanuras verdes del sur. Un lugar duro. Sin embargo, o precisamente por ello, es una excepción en cuanto a su conservación, y desde que las minas dejaron de funcionar hace unas décadas se ha catalogado como ciudad museo, preservando sus construcciones originales, algo excepcional en la zona, donde la construcción con madera y el efecto de las llamas, las guerras y la modernización han dejado pocos conjuntos intactos.
Así que pasear por Røros es como hacerlo por un pueblo del lejano oeste, adaptado a la latitud norte. Las fotografías que se conservan del siglo XIX muestran una imagen curiosamente similar a la actual, sin que haya el más mínimo rastro de artificialidad o restauración forzada. Tal vez con la única excepción de la iglesia.
Por lo que vamos recorriendo comprendemos que la actividad minera ha sido el núcleo fundamental de población de la mayoría de la región escandinava más allá de las áreas urbanas y agrícolas del sur. Resulta curioso sin embargo comprobar como, a pesar de la parcial incomunicación por las largas distancias y el carácter de frontera de estos asentamientos, desde un principio compartieron instituciones y formas de vida con las urbes sureñas, con sus asociaciones deportivas, sus corales, sus cafés y sus librerías. Aunque siempre con un toque "salvaje" propio, por supuesto...






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